La importancia de la audiencia en diferido

El otoño puede ser una época muy dura para un seriéfilo. Que me lo digan a mí, que me he tirado un mes entre festivales de cine y al volver me he encontrado con una cantidad inabarcable de pilotos que probar y regresos pendientes.

Mirando las cifras de las audiencias overnight (los datos obtenidos a la mañana siguiente de la emisión de un programa) muchos ejecutivos televisivos yanquis podrían echarse las manos a la cabeza. Los datos de audiencia son cada vez más bajos. Lo que hace unos años se consideraba una audiencia regulera, ahora puede considerarse un éxito. Los números se han vuelto más relativos que nunca y hay tantas cosas a tener en cuenta, que tomar decisiones basadas en los overnight ha dejado de tener sentido.

Los DVR (digital video recorder) llevan más de diez años extendiéndose a lo largo y ancho de Estados Unidos. Actualmente, los datos afirman que el 46% de los hogares americanos tiene algún tipo de DVR, dato que sube a un 51% cuando hablamos de espectadores entre los 18 y los 49 años, la demográfica más relevante para cadenas y anunciantes.

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La exigencia del día a día

Han regresado las series, y con ellas han vuelto cosas que echaba mucho de menos. Por fin se han resuelto alguno de los cliffhangers que me tenían comiéndome las uñas, he podido ver el camino que toman alguna de mis series que se habían quedado en un punto extraño y han regresado esos personajes que me llevan cada semana a un lugar feliz.

Pero también están de vuelta otros aspectos menos positivos. Si hay algo que me hace saborear aún más de seguir semanalmente las series, es poder debatirlas en blogs, podcasts o redes sociales con otros que las disfrutan, pero cada año se generan siempre corrientes en contra de algunos títulos que son difíciles de encarar.

Modern Family‘ es una comedia que ya en su cuarto año sigue manteniendo un nivel admirable. Las escaletas de sus episodios siguen siendo perfectas, la química entre sus personajes funciona como un reloj y mantiene el nivel de ingenio del primer día. Sin embargo, tras varios estupendos episodios de la temporada actual sigue protagonizando una corriente de desencantados y renegados seguidores que la acusan de estancamiento.

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Paso del tiempo y saltos temporales

Hace unas semanas, estuve hablando del tiempo aplicado a la fragmentación de la narración en las series. Hoy voy a retomar el tema temporal en las series desde otros aspectos de su uso en la historia y el contenido de la ficción televisiva, sin entrar en temas de ciencia ficción y viajes en el tiempo.

Estos días estoy poniéndome al día con ‘Downton Abbey‘. En el artículo sobre la narración fragmentada ya hacía una referencia a este drama de época de BBC, relacionada con esos pasos de tiempo tan drásticos de su segundo año que provocaban una percepción extraña de la continuidad de las tramas; sobretodo la emocional.

En esta tercera temporada de’ Downton Abbey’ estoy experimentando una sensación extraña. Acostumbrada al rápido paso del tiempo y a las grandes elipsis de la serie, la brusca frenada en el avance temporal de las tramas me provoca cierta impresión de estancamiento, como si esperande a que finalmente arranquen las historias; y cuando me he querido dar cuenta, estoy a un capítulo del final de temporada.

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Superioridad moral y hate-watching

La expectativa y la actitud con las que nos acercamos a los programas como espectadores son determinantes para cómo los acabaremos percibiendo o valorando. La promoción de una producción en concreto, la idea preconcebida que tenemos de sus creadores o de la cadena donde se emite y la apariencia general del producto determinan, ya antes de verlo, en qué lado de la balanza nos encontraremos. Desde qué prisma arrancará nuestro juico de ese programa.

La superioridad moral con la que la audiencia se asoma a cierto tipo de estrenos es algo con lo que los propios creadores juegan a la hora de elaborar y desarrollar ciertas producciones. Esto ha sido el gran acierto de programas como ‘Quién quiere casarse con mi hijo’, que se preparan y producen de tal forma que esa autoconsciencia defina el tono.

En ‘Quien quiere casarse con mi hijo’ la intención es evidente y se ve reforzada por una brillante y gamberra post-producción de los episodios. En EEUU, la sensación de este verano en cuanto a realities trash se refiere, ha sido ‘Here Comes Honey Boo Boo’; dejadme que os lo presente.

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Suspenso en paternidad = espectáculo televisivo

La relación entre menores y televisión es un tema que nunca muere y que suscita polémicas constantemente. Nuestros compañeros de Bebés y más han hablando sobre la hipersexualización de la infancia y quería aprovechar la coyuntura para colocar aquí el punto de mira en uno de los factores determinantes: los padres y madres como jueces y parte.

Y es que ‘Toddlers and Tiaras’, como menciona Beatriz en su artículo, es realmente grotesco e indignante, porque cada segundo que pasa no puedes evitar preguntarte por qué los servicios sociales no quitan la custodia a determinadas madres o por qué se permite explotar a un niño y arrebatarle su infancia de esa manera tan obvia y pública. Pena que nunca tendremos la prueba con un ‘Toddles and Tiaras: 10 años después’ con estas niñas y sus adolescencias decadentes cual estrellita Disney.

La cantidad de realities en la parrilla americana que ponen en evidencia la capacidad de paternidad de ciertos individuos es incontable. Un ejemplo que quizá no sea tan obvio es ‘My super sweet 16’. Este reality de MTV muestra cómo niñatos de familias bien preparan la fiesta de su dieciséis cumpleaños sin ningún tipo de restricción.

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