Autoconclusivo de incógnito


Los índices de audiencia de las series americanas han probado durante años que un producto que no exige el compromiso del espectador suele tener ventaja sobre el resto. La comedia, autoconclusiva por naturaleza, siempre ha sido el género por excelencia al otro lado del charco. Incluso tras una década de grandes cambios para un formato antaño muy encorsetado en unas pocas reglas inamovibles, las sitcom siguen cosechando gran éxito. Junto a ellas encontramos los NCIS, Houses y CSIs de turno, procedimentales profesionales que llevan la conclusividad tatuada en la frente.

En un momento en el que Hollywood está llevando la práctica de reducción de riesgos al extremo, agarrándose a cualquier mínima garantía de éxito, los ejecutivos de televisión no se han quedado atrás. ¿La meta? El híbrido perfecto entre una trama abierta que permita la entrada a nuevos espectadores y esos elementos de enganche que inviten al espectador a volver sin sentirse frustrado por una semana de ausencia.

El culebrón es, por definición, el colmo de la serialidad. Sin embargo, ese gran placer culpable en el que se ha convertido Revenge, consiguió camuflar una estructura pseudo autoconclusiva en sus primeros episodios, haciendo gala de esa “venganza de la semana” que ya comentaba en esta entrada sobre la serie de ABC.

American Horror Story se lleva la práctica a su terreno de forma muy inteligente. Con La Casa en el corazón del misterio global, disfraza al “fantasma de la semana” que arma los episodios convirtiendo paulatinamente a sus secundarios en protagonistas. Es brillante porque, en lugar de envolver lo autoconclusivo con pinceladas de lo horizontal, algo que Fringe hace estupendamente y aún así repele a los caso-haters, logra tirar de la historia de forma totalmente serializada a base de píldoras conclusivas, dejando satisfecha la sed de información de un espectador que vuelve a buscar más.

No tan bien le va a Once Upon a Time en este sentido, una serie que busca contar su versión de las fábulas infantiles con la excusa de su detonante. Cada episodio se centra en mostrarnos las dos caras de la misma moneda: la versión fantástica de un personaje y su reflejo en el mundo real. ¿Problema? Ha construido una mitología propia interesante y las raciones de información nueva son tan atrayentes, que cierto sector de su público está impaciente de explosiones argumentales sin comprender que este no es el objetivo. Pedirle esto a Once Upon a Time es como si hubiésemos pedido conocer a la madre a diez episodios del estreno de How I Met Your Mother.

De cualquier manera, yo imagino a los directivos de las cadenas soltando de forma aparentemente inocente algo tipo “si me metes rollo autoconclusivo, no pasa nada ¿eh?” en las reuniones con las productoras, y me gusta ver cómo los guionistas se estrujan el cerebro para intentar que coherencia, calidad y comercialidad vayan de la mano.


1 comentario :

  1. No lo podías haber explicado más clarito...totalmente de acuerdo y una pena que algo como AHS haya pasado tan de puntillas por aquí...¡Interesante bloga!

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